UNA HISTORIA BIEN ESPECIAL
Hago mención de una historia que me llegó a mi correo electrónico y que a demás de ser una historia de amor, bien puede ilustrar de buena manera el llamado a vivir la recta intención en nuestras vidas :
No conozco el autor de dicha historia, pero es importante que interioricemos a partir de ella.
“John Blanchard se levantó de la banca, alisó su uniforme de marino y estudió a la muchedumbre que hormigueaba en
Durante el año y el mes que siguieron, ambos llegaron a conocerse a través de su correspondencia. Cada carta era una semilla que caía en un corazón fértil, un romance comenzaba a nacer.
Blanchard le pidió una fotografía, pero ella se rehusó. Pensaba que si realmente estaba interesado en ella, su apariencia no le debía importar. Cuando finalmente llegó el día en que él debía regresar de Europa, ambos fijaron su primera cita a las siete de la noche, en
Ella escribió: Me reconocerás por la rosa roja que llevaré puesta en la solapa. Así que a las siete en punto él estaba en la estación, buscando a la chica cuyo corazón amaba, pero cuya cara desconocía.
Dejaré que sea el mismo señor Blanchard quien relate lo que sucedió después: “Una joven venía hacia mí, y su figura era larga y delgada. Su cabello rubio caía hacia atrás en rizos sobre sus delicadas orejas; sus ojos eran tan azules como flores. Sus labios y su barbilla tenían una firmeza amable y, enfundada en su traje verde claro, era como la primavera encarnada.
Comencé a caminar hacia ella, olvidando por completo que debía buscar una rosa roja en su solapa. Al acercarme, una pequeña y provocativa sonrisa curvó sus labios: “¿Vás en esa dirección, marinero?”, murmuró. Casi incontrolablemente, di un paso para seguirla y en ese momento vi a Hollis Maynell. Estaba parada casi detrás de la chica.
Era una mujer de más de cuarenta años, con cabello entrecano que asomaba bajo un sombrero gastado. Era bastante llenita y sus pies, anchos como sus tobillos, lucía unos zapatos de tacón bajo.
La chica del traje verde se alejaba rápidamente. Me sentí como partido en dos, tan vivo era mi deseo de seguirla y, sin embargo, tan profundo era mi anhelo por conocer a la mujer cuyo espíritu me había acompañado tan sinceramente y que se confundía con el mío. Y ahí estaba ella: Su faz pálida y regordeta, era dulce e inteligente, y sus ojos grises tenían un destello cálido y amable: No dudé más. Mis dedos afianzaron la gastada cubierta de piel azul del pequeño volumen que haría que ella me identificara: Esto no sería amor, pero sería algo precioso, algo quizá aun mejor que el amor: una amistad por la cual yo estaba y debía estar siempre agradecido.
Me cuadré, saludé y extendí el libro a la mujer, a pesar de que sentía que al hablar, me ahogaba la amargura de mi desencanto.
“Soy el teniente John Blanchard, y usted debe ser Miss Maynell. Estoy muy contento de que pudiera usted acudir a mi cita. ¿puedo invitarla a cenar?. La cara de la mujer se ensanchó con una sonrisa tolerante. “No se de que se trata todo esto, muchacho”, respondió, “pero la señorita del traje verde que acaba de pasar me suplicó que pusiera esta rosa en la solapa de mi abrigo. Y me pidió que si usted me invitaba a cenar, por favor le dijera que ella lo está esperando en el restaurante que está cruzando la calle: ¡dijo que era algo así como una prueba!”.1
Es una historia romántica que nos pone a pensar en la esencia del verdadero amor, que no debemos postergar, y que debemos poner en práctica. Todo día que pasa es una oportunidad que no puede ser desaprovechada, mañana puede que sea tarde.
